Prenso luego existo

Esta entrada pertenece al número de febrero de 2016, lo puedes ver aqui

Las multinacionales siguen marcando el paso de nuestras vidas y ahora nos ha tocado a los sellos pequeños y a los grupos que quieren autoeditarse sus grabaciones. Por si no lo sabíais, os lo cuento: durante los últimos cuatro o cinco años estamos viviendo un supuesto resurgir del formato disco de vinilo, percepción que alimenta la prensa y que fomenta la industria.

El proceso estándar de edición de un disco consiste, más o menos, en enviar a una planta de prensado un máster de la grabación junto a varios archivos con los diseños de la portada, contraportada, galletas, lomo y, si los hubiere, los diferentes documentos que acompañan al artefacto (hoja de letras, funda interior, pósters, tarjetas de descarga, etc.). Antes de enviar nada, hay que pedir presupuestos a diferentes fábricas o intermediarios, cantidades que variarán en función del número de copias, el gramaje de los discos, el color de los mismos y las diferentes chorraditas que queramos hacerle a nuestro disquel del alma. A estas cifras deberemos sumarles siempre el IVA y los gastos de envío desde la planta a nuestros hogares. Cochino dinero, sí, y que casi siempre hay que apoquinar por adelantado.

La fábrica, que suele radicarse en algún recóndito lugar de la Europa de verdad, esa que empieza en Iparralde y termina allá por los Urales, ni siquiera está obligada a hacer bien su trabajo, tan sólo a proporcionar un plazo de entrega: en caso de que queramos saber qué sonido y qué aspecto va a tener nuestro disco, deberemos encargar una serie de test-pressings o copias de prueba, con su correspondiente coste económico y temporal. Tiempo, por supuesto. Quizás el más importante e impredecible de los factores, por mucho plazo de entrega aproximado que te den, y casi imposible de calcular si, en una mala, resulta que hemos detectado uno o varios problemas en los test-pressings.

La lógica matemática dice que, a mayor número de copias, menor coste; la universidad de la vida, por el contrario, aconseja ceñirse al realismo del mercado y no prensar más de quinientas copias a no ser que se sepa a ciencia cierta que existe un mercado para el producto o se cuente con un espacioso camarote, garaje o habitación donde almacenar los discos que no se vendan. Así pues, las ediciones y coediciones de un sello como el nuestro oscilan entre las 250 y las 500 copias: incluso en el caso de un grupo como Viva Bazooka, que dan unos cincuenta conciertos al año, giran por el estado y Europa y han cosechado decenas de reseñas positivas en diversos medios, se tarda casi tres años en agotar una tirada pequeña.

Y aquí es donde las multis asoman su pútrida cabeza. Hasta hace bien poco, el mercado del disco de vinilo se había mantenido vivo gracias a los sellos militantes de diversas escenas, desde las más revivalistas (hardcore, punk, soul, funk, beat, garaje, psych, folk, hard, stoner, …) hasta las más vanguardistas (electrónica, doom, ambient, indie, noise, industrial…), que garantizaban un flujo constante de ediciones nuevas y reediciones dirigidas a sectores fanáticos tanto de los sonidos como del formato; si bien es cierto que as ahora falsas independientes como Matador y Sub Pop en Estados Unidos o Subterfuge en España, siempre han editado en vinilo, el interés de las multis en el formato era muy limitado y se ceñía a peticiones expresas de grupos mega-ventas tipo Pearl Jam y Radiohead o a la reedición puntual de parte de su catálogo de mayor renombre e impacto comercial.

Todo esto cambió hará unos cinco o seis años, cuando algún cargo medio de una de esas multis se dio cuenta de que, en proporción, las ventas de discos de vinilo en tiendas semi-especializadas representaban una parte cada vez mayor del beneficio total de esos negocios. Entonces llegó la inundación de reediciones y determinadas novedades en este formato, muchas de ellas realmente innecesarias -las copias de segunda mano de truñacos cósmicos como, por ejemplo, los discos de Boston se pueden encontrar a precios mucho más sensatos y acordes con la barbaridad de ejemplares que vendieron en su momento- y otras auténticos experimentos en el error (¿De verdad creen que el público de Raphael va a comprar el recopilatorio “50 años de” en vinilo?).

La consecuencia de esta nueva moda es que, ahora, todas las plantas de prensado están colapsadas para los sellos pequeños pues las más grandes dan preferencia a las diez mil copias de la edición limitada con un tema extra de cualquier disco de Led Zeppelin, Nirvana o Michael Jackson que a las quinientas de, se me ocurre, el nuevo EP de Los Paniks; y las más modestas, por su parte, apenas dan abasto con la migración masiva de discográficas DIY e independientes que les ha caído encima. En lo que a nosotros nos atañe, Los Paniks se han visto obligados a suspender casi todos los conciertos que tenían programados para presentar “La fiesta de Pan” después de que los plazos de entrega hayan cambiado tanto que ahora ya no tienen la menor idea acerca de cuándo van a recibirlo.

Supongo que algunos os preguntaréis a qué viene tanta obsesión con un soporte cuando, de hecho, existen los discos compactos y las plataformas online. Respecto a los primeros, si bien ahora mismo fabricarlos sale tirado de precio, y dejando a un lado mis prejuicios contra el formato, hay que decir que, simplemente, no se venden. Haced un pequeño ejercicio de sinceridad: ¿Cuándo comprasteis el último CD? Pues eso. Las plataformas online, por su parte, ayudan a promocionar grupos y sellos pero no dejan de ser una opción intangible, al igual que los distintos archivos de audio que guardamos en el ordenador o en el móvil, y yo – y muchos de vosotros también, me consta- pertenezco a esa categoría de personas que necesitamos tocar y manosear el objeto. Por no hablar de la falsa creencia de que todo el arte ha de ser gratuito, idea que no tiene en consideración ni el tiempo ni el esfuerzo ni, en muchos casos, la supervivencia material del artista ( a la historia de Vic Chesnutt me remito).

Por supuesto, respeto y admiro todas las iniciativas non-profit y sé que, muchas veces, quien se atreve, gana. El dúo francés Putan Club, por ejemplo, sólo saca CDrs y camisetas que vende en giras que les llevan a hacer más de doscientos conciertos al año repartidos entre el sur de Europa, África del Norte, China y el Sudeste Asiático aunque me da que, por diversas razones, aventuras como estas no están al alcance de todos. Quizás el equilibrio se encuentre en montar nuestra propia planta de prensado, opción que se me antoja éticamente más aceptable para ser dueños de nuestro destino económico que, pongamos por caso, el cultivo de marihuana o el tráfico de estupefacientes. Si alguien se anima, cuenta con nuestros pedidos.

Vaya, vaya… Tenía pensado escribir acerca de la pérdida y la muerte y he acabado en la mayor de las intrascendencias. Bueno, la próxima me pondré metafísico. Sí, os estoy amenazando. Mientras tanto, a cuidarse.

Ernesto (Politburó)

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Indignación selectiva, estado de sitio, patriotismo de salón

Esta entrada pertenece al número de diciembre, lo puedes ver aqui

Los ataques de la capital francesa, casi tan brutales como los ocurridos recientemente en el Líbano, Turquía, Kenia, Nigeria o como los que se producen casi diariamente en Irak o Siria han conmocionado a la sociedad occidental y pueden marcar un antes y un después en el recorte de libertades.

Entre los fenómenos que hemos observado en los últimos días, destacaremos la indignación selectiva de la opinión pública, el estado de sitio(o de guerra) decretado por el Gobierno, la repuesta patriótica de una parte de la población y el aumento de las agresiones contra musulmanes.

Indignación selectiva

Para explicar el impacto mediático a nivel mundial del 13N tenemos que partir del razonamiento de que en el imaginario colectivo hay víctimas de primera y de segunda categoría. La repercusión mediática (y la solidaridad internacional) de una tragedia está condicionada por la situación geográfica y económica del país en la que se produce: la muerte de 148 estudiantes en Kenia es más lejana y, por tanto, menos importante (o al menos vende menos) que la de las 130 personas de laville de l’amour.

Estado de sitio

Pasado el estado de histeria colectiva de los primeros días plagados de informaciones contradictorias y de un tratamiento mediático basado en el morbo y el sensacionalismo el estado responde declarando el estado de sitio en toda Francia.

Por quinta vez en la historia reciente del país (la última durante las revueltas en las banlieues de 2005) se suprimen automáticamente todas las manifestaciones políticas hasta el 30 de noviembre, se aligeran los procedimientos de registros domiciliarios, se generaliza la utilización de las brigadas de intervención especiales (que ya que están en las calles buscando terroristas pueden ocuparse también de desalojar centros sociales) y se anuncia la creación de 5.000 puestos de policías.

Las medidas de excepción pasan de durar unos días a ampliarse 3 meses, hasta finales de febrero. No habrá por tanto manifestaciones para protestar contra COP 21 sobre el clima que se celebra en París y para la que ya se habían cerrado las fronteras para evitar la llegada de los «temidos black blocs». Las únicas manifestaciones que se podrán celebrar serán las rentables económicamente: deportivas y comerciales.

«Estamos en guerra» nos repiten una y otra vez los dirigentes políticos para intentar justificar tanto la intervención en Siria como la nueva vuelta de tuerca en materia de recorte de libertades. Los jueces se felicitan de las nuevas disposiciones que les permiten realizar registros por el día y por la noche, recoger informaciones «personales» de sospechosos sin ningún control exterior… y los sindicatos de policías exigen que se les permita ir armados cuando están fuera de servicio.

Se constatan los primeros registros domiciliarios abusivos: cooperativas de agricultores bio que habían previsto participar en las manifestaciones contra la COP 21 se convierten en «sospechosas de preparar actos terroristas» de un día para otro…

Patriotismo de salón

La siguiente etapa en el lavado de cerebro a la población se produce el 27 de noviembre, en el homenaje institucional a las «víctimas que representan la patria». Las redes sociales iniciaron el trabajo los días de los atentados al probar una nueva aplicación «especial atentados de París» (para localizar a los amigos de la zona del ataque) y al contribuir a que los internautas llenaran de banderas francesas la red, y el aparato institucional quiso trasladar ese patriotismo a la calle al pedir literalmente a los franceses que sacasen una bandera tricolor en solidaridad con las víctimas. El homenaje institucional se celebró en un edificio reservado a los homenajes militares y el discurso de Hollande trataba a las víctimas de «caídos por la patria».

A pesar de los esfuerzos institucionales y la campaña de comunicación mediática, la «unidad sagrada del país» fue más una moda propia de las redes sociales que una realidad en la calle.

Agresiones contra musulmanes

La extrema derecha, por su parte, se ha reactivado en las últimas dos semanas. Se han producido unos 30 actos contra musulmanes, desde agresiones a mujeres con velo hasta ataques y pintadas contra mezquitas y kebabs.
Los grupos identitarios han intentado infiltrarse en varias concentraciones de solidaridad con las víctimas en Lille o Metz o Lyon: la respuesta popular fue en las dos primeras ciudades contundente. En Lyon la manifestación fue anulada.

Aunque todavía es pronto para valorar el impacto de lo ocurrido en París, estos elementos nos llevan a pensar que el mal llamado «país de los derechos humanos» está dispuesto a adelantar a los norteamericanos en materia de represión a ultranza de las libertades en nombre de la lucha contra el terrorismo (que ellos mismos provocan).

Doblegarse ante la estadística

Ocho de cada diez franceses están dispuestos a sacrificar parte de sus libertades civiles a cambio de mayor seguridad; al menos, eso dicen algunas encuestas. Todo depende de a quién y qué se le pregunte y de la elección del titular más contagioso: el miedo corre desatado cercenando  voluntades y cambiando intenciones de voto. Por lo tanto, antes de que salga el próximo número de Orbekaos, el escenario que nos gobierne lo dominarán tres grandes fuerzas de derecha pura y dura, una recién emergida y dos viejunas con una larga trayectoria de sumisión a los designios de las empresas y la clase dominante.

Siempre llegarán tiempos peores y cada vez resulta más fatigoso sonreír. Houellebecq, a pesar de las amenazas de muerte que parecían avalar las tesis de su novela, erró tanto en la forma como en el fondo cuando escribió “Sumisión”: Francia – y , detrás de ella, una gran parte de Europa- no se somete al Islam sino que claudica ante sí misma, descomponiéndose y amenazando con reestructurarse en un gran monstruo aún más corporativo, chauvinista y represor.

La muerte llega de arriba, que cantaban Discard. Y ahí van toneladas de bombas, millones de euros en seguridad, exigencias de adhesiones unívocas, cierre de filas y soldados en las calles. Todo un  batiburrillo de intereses espurios, vísceras, religiones, sangre, venganzas y guerras santas. La actualidad, que también es Historia, da para muchas enumeraciones y casi tantos dolores de cabeza: uno desea que la plaga del fanatismo asesino sea erradicada (eso sí, en todas sus expresiones, no sólo las de los diferentes yihadismos) pero, al mismo tiempo, se niega a legitimar la ingeniería represiva que los estados y el establishment usan contra la ciudadanía a la que se dice proteger.

Confusión habemus, pues, casi tanta como la del sueño alcohólico que sólo alivia la conciencia del orfidal velando en la mesilla.  Tremendismo éste tan infeccioso como el miedo que asesina desde las altas instancias y que obliga a abrirse paso a machetazos entre su maraña: frotarse los ojos, reconocer a la persona en la silueta; recordarse el valor excepcional de las luchas diarias, buscar la paz en la realidad.

En otro orden de cosas, casi el cien por cien de la población mundial dice no saber quiénes somos Politburó Recording Fiasco y,  atípica coincidencia, no sólo no ha oído hablar de nosotros sino que le importa una mierda que estemos preparando las presentaciones de los nuevos discos de Cordura y Paniks en Orbeko Etxea. Del mismo modo, desconocen el hecho de que la segunda edición del Politburó Fest fue un moderado éxito; por el contrario, y sorprendentemente,  el índice de respuestas afirmativas se dispara hasta alcanzar un nada despreciable noventa por ciento cuando se les plantea la pregunta de si conocen los efectos devastadores de la cerveza Aurum. Qué cosas, oigan.

Hasta la próxima.

Ernesto (Politburó).